Pies, birra y vías: Bélgica y Holanda. Diario de un viaje.

07/08/2015

“Y nos reuniremos en los aeropuertos,— Nacho Vegas

Los aeropuertos son organismos vivos. Si buscase en Google cuanta gente se encargó de diseñar el Adolfo Suarez + Madrid + Barajas, encontraría una lista terriblemente larga de profesionales, que usaron unos terriblemente buenos ordenadores y pasaron por unas terriblemente largas discusiones. El resultado debe ser perfecto. Al fin y al cabo, el avión, pasajero y piloto son cuentas que una serie de procesadores de silicio calculan para ahorrar tiempo y dinero al ya escaso margen de beneficios del billete. Sin embargo, solo de noche, cuando el aeropuerto duerme en manso movimiento, exactamente igual que un pez, se aprecia su inconfundible imperfección, su humanidad. Surgen postes atados con cintas sin gente, vigilantes soñolientos, algún papel en el suelo. Las indicaciones zumban. Tiendas y bares, posteriores al diseño, salen de la nada y se ubican como puñetazos en la boca del estómago del hall, confiriendo la belleza de lo irregular. De los entresijos de sillas y maletas, surgen cuerpos: piernas y cabezas de muñecos de pruebas, pasajeros conciliando el sueño, una actitud tan vana como mirar sin verse en las cámaras de seguridad de un banco, pero que, todos, intentamos con estúpida resignación.

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En la espera y el insomnio, D., H. y yo contamos chistes y recitamos escenas de Los Simpson, con la pasión y alborozo que provocan los gustos compartidos y la cultura popular. No agotan, aunque se hayan visto cuatro millones de veces. No cansan, aunque las bromas sean una y otra vez recitadas. Algunos siglos atrás, cuando la gente no llegaba a los treinta y apenas sobrevivía desbrozando terrones, hablarían con la misma pasión continua de Amadís, Orlando o Galaor.

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— ¿Qué queremos?

— Una cura para el síndrome de Tourette.

— ¿Cuándo lo queremos?

— ¡Puta!

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Por fin el sueño puede a los chistes y nos dormimos, apenas media hora. Alargo mi mano hacia un café de máquina, caro y malo, mientras D. espera. Se cachondea por mi chupito final, pagado a sangre de unicornio; la máquina le devuelve, gustosa, un chocolate con la misma salud que un heroinómano veterano. Me río con ganas. Antes de volar, ya ha sido follado por un Bender.

08/08/2015

Charleroi, aeropuerto secundario de Bruselas y bautizado con el apellido de “Merlín” por D., es pequeño, abarcable, acogedor. Está a una hora de la ciudad. Retiramos las maletas y nos dirigimos al suttle, previo pago de 30 euros por la ida y la vuelta. La figura del conductor es desagradable e interesante. Es tan alto como yo, que mido 1,87, pero arrastra una increíble tripa, que nace del bajo vientre como una especie de tumor de cerveza y patatas, y comba su cuerpo en la forma de una peonza invertida. Habla un francés seco y agreste. Ya dentro, nos situamos en la parte de atrás, en silencio. Justo delante, hablan unos canis. Españoles. Personas de pelo rasurado, camiseta negra ajustada y gorra mirando a otro lado. Van a un festival de hardcore. Llevan cada uno cuatro litros de güisqui para tres días. Una frase, “¡vaya jamón que nos vamos a coger!”, se quedará de running gag para todo el viaje.

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Bruselas emerge entre líneas rectas y blancas, como una Lisboa sin su sol cegador. El centro es un damero en el que las obras se acumulan en cada esquina, tratando de aprovechar cada brizna de buen tiempo. Sin dormir, nos sentamos en la primera terraza. Yo, Waterloo. Anno 1815 servida en una copa de porcelana. Braseirie de la Sanne para D. y H. bebe Nostradamus. La cerveza negra baja mi garganta ligeramente agria, como el recuerdo de una tarea por hacer. Volvemos al hostal a dormir la siesta, pero antes hemos comprado más. En el camino hay un parque silencioso en medio de las arterias de coches y el skyline bruselense. Tiene un estanque en el centro y todo él es verde. Toda la paleta de verdes. Unos treintañeros juegan a la petanca y unos mendigos dormitan sobre el tapete.

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No nos planteamos nada antes de coger el viaje, ni ahora lo hacemos. Simplemente, andamos. Andamos por calles de las que no sabemos el nombre y apuesto a que nunca sabremos, sin mapa ni apenas guía. Andamos, buscando la plaza mayor, “el meón”, y las pocas referencias culturales más. Nuestra afición es andar, contemplar, seguir andando. Los estilos se mezclan: las casas estrechas y cortantes, calles peatonales, lo neoclásico… andamos hasta que nos cansamos, justo en un parque, en las alturas de Bruselas, cargado de árboles totémicos y límpida estructura. Me quito las zapatillas y observo el estanque circular, donde unos niños se bañan en el agua verdosa. Todavía quedan en el mundo, pienso, parques donde esconderse entre una risa, un tablero de ajedrez y un libro.

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Nos sumergimos de nuevo en la ciudad y nos sentamos en el bar Delirium Tremens. Situado en los entresijos de varias calles, surge como por casualidad. Seguíamos a H., conocedor del garito, aunque el volumen de las voces, cada vez más alto, indicaba la existencia de un abrevadero etílico, el sitio donde insultar y amar a las mujeres, marearse y gritar; cambiar el mundo. Entramos. Más de veinte caños nos reciben: cervezas en todas las tonalidades de oro y tierra, de cueva y brasa. Bebemos Chobo, Bersalis, Carolus III, Delirium nocturna, Delirium, Saxo, una que anoté como “putamierda”, Guillotine, otra Chobo. En las últimas, mi letra tiembla. Cada una, con su recipiente. Los hay alargados, cóncavos, cónicos o panzos. Sentados en una terraza que es sacudida por lluvia intermitente, miramos a “la meona”, el nuevo invento de la ciudad tras “el meón”. Hablamos. Jugamos a las cartas. Seguimos bebiendo y aspirando una brisa, una situación y una sensación que se acercan, demasiado, a la felicidad total.

09/08/2015

Dejamos Bruselas pronto. Son las siete y nos encaminamos a la estación. En la salida del hotel, en una calle que pica hacia arriba, vemos una pelea. Todos son negros y se insultan en francés. Un policía intenta poner paz. Parece una mascarada, una coreografía mal ensayada. Sus insultos permean y llegan tan nítidos como los hijodeputas en castellano. Sin duda, en las palabras altisonantes se aprecia el poder del lenguaje como el más rápido y mejor instrumento humano para comunicar algo.

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Por primera vez hacemos el uso del interrail. Nos dirigimos a Gante, ciudad picuda, estrecha en la fachada y llena de edificios imponentes y solitarios. Una revisora nos acepta los billetes. Lleva un gorro, tiene un tatuaje en el brazo y una mirada colosal. Sus ojos predican calidez y sueño. Poco más se necesita para la imaginación de tres jóvenes, por fin libres, más o menos, del contacto con el celular.

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Gante es preciosa. Llegamos demasiado pronto y no hay gente por las calles. La ciudad es nuestra. Los tranvías siguen su ruta de hormigas en el sonido antiguo de las ruedas limando los rieles. La vista puede descansar en los canales y las casas unifamiliares, con ventanales a ras de suelo. Hay flores y el verde de los parques desprende vida.

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Es la una y ya nos preparamos para tomar la(s) primera(s) del día. En una terraza, al lado de un canal, vemos el tiempo pasar. Bebemos Golden Drack, Pirate y Kollke Roelch. De repente, navegando en una deshilachada barca, aparece un perroflauta, mejor dicho, un perrobote. Literalmente. Detrás del brioso remero, hay un perro sacando la lengua. Es una aparición casi mística. Contra la corriente, animal y amo se pierden de mi vista en el sonido de las palas golpeando el agua.

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Nosotros también remamos, por la tarde, hacia Brujas. La contraposición con Gante es evidente. Pequeño y cargado de turistas, el centro urbano se resiste al paseo. Sus canales cargan con barcas, móviles, cámaras, palos de selfie y, creo distinguir, personas. Es por ello que optamos por seguir el antiguo foso, que circunvala la ciudad. El ruido se extingue y solo quedan corredores, rodadores y paseantes. Me siguen asombrando las cantidades de verde del pequeño país. Tras un tiempo prudencial, atravesamos una puerta y nos sentamos en una terraza. Otra cerveza más. Es un bar de bario y el dueño es seco y sincero; nos sirve jarras de Jupiler. Hay cuatro parroquianos. En el centro, presidiendo la mesa con la morriña y melancolía de los aparatos pasados de moda, hay una mesa de carambola.

10/08/2015

Amanece en Brujas y nos dirigimos a Amberes. La estación de ferrocarril tiene majestuosidad y su extremo moderno, perfectamente fusionado con lo antiguo, crece en tres niveles, donde atracan trenes con la imaginación y el sobrecogimiento de la ciencia-ficción. Una armoniosa fusión entre el aeropuerto de Trántor y la estación de Milán.

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Amberes fue antiguo puerto de Castilla y su escudo preside la fachada del ayuntamiento. Sus casas son altísimas, concentradas. También son tristes. La catedral aparece de improviso y la nuca y la postura del fotógrafo se tensa al abarcar toda su verticalidad. Se respira mar, aunque es falso: es el Schelde, el río. Nos acercamos a él y callamos o hacemos el indio, castellanos de interior nosotros no acostumbrados ante su inmensidad. Tomamos Keizer Kardus, Triple d’Anvers y Tongelo.

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Por la tarde, cambiamos Bélgica por Holanda. Toca Utrecht. Aquí, todo es perfecto. Desde el adoquinado, color pimienta, hasta la más mínima mota de polvo. Nadie grita y en cada farola hay parterres con flores. No durarían en mi tierra. Bicis, bicis por doquier.

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Dejamos las maletas en un hostal cuya foto debería aparecer en todas las definiciones de hippy. Es agradable y cultureta. El recepcionista es español. En el patio, ciudadanos escuchan a una mujer rubia latón cantando. Caminamos por la ciudad que parece un decorado de cine, por debajo de sus portales y perfección. Da gusto pasear por una ciudad que ya parece dormida a las cinco de la tarde. La cerveza no es tan buena.

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Al caer la tarde, optamos por una pizza. El restaurante es llevado por italianos, de Nápoles, me comenta el que amasa en círculos el pan, y en el cruce de los dos idiomas maternos hablamos de fútbol. La italiana es morena, de un azabache potente del sur de Europa, que contrasta con las hebras lúpulo de las Dianas holandesas. Es rápida de gestos y grita. Por fin alguien grita. Su inglés es excelente, al igual que las pizzas, y comemos en respetuoso silencio por la jerigonza italiana que nos rodea. Más tarde, en un banco, ya caída la noche, con nuestra enésima lata —de medio litro—, la vemos llegar con su bici de paseo y nos lanza un orgulloso “Chao!” de mujer de mundo que no tiene que nada que ocultar. Se ha traído un pack y habla con su novio holandés de su máster o algo parecido. Relajo el cuerpo y veo mujeres rodar, impetuosas y rectas, totalmente bellas, con sus duras piernas sin celulitis y pienso que Dios debió haber tenido un orgasmo cuando creó este pequeño país.

11/08/2015

Ya solo nos queda un día para ver a K., nuestro huésped a la fuerza y con el que pasaremos los diez días restantes. Sin duda, lo que más felicidad han aportado las becas Erasmus y el Schengen es la posibilidad de gorronear fuera de la querida patria. Antes, nos toca Ámsterdam.

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Lo que más sorprende de Ámsterdam son sus flores. No son demasiado abundantes ni espectaculares, pero siempre hay, en cada rincón —obviamente, del centro— indicando respeto: quien dedique su tiempo en algo tan frágil y laborioso tiene un cuidado especial en su persona y modales, en la belleza y en los demás. Civilización, al fin y al cabo. Probablemente por ello haya sido tarea reservada a la mujer.

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En el medio día, después de elegir el menú del estudiante-viajero —supermercado de primero, pan y embutido de segundo y sin postre, que hay que ahorrar— nos sentamos en un parque enorme. Pronto nos rodean los patos, palomas y cuervos. A lo lejos, hay gansos y los todavía inestables críos se acercan a ellos con temor y felicidad. Más tarde, acabado el ágape, salimos a la caza de baño y WiFi. Me paro y les empiezo a perseguir: soy idiota. Entonces, a mis seis, escucho una serie de improperios rematados con un “give it alone!”. Una señora mayor me echa la bronca. El holandés hiere el aire. Me siento como un caballero-soldado del Tercio Viejo de Flandes.

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En la estación, de Enshede, ciudad-habitáculo, K. nos espera e improvisamos un baile de mierda.

12/08/2015

K. tiene una casa sin pasillos. De dos plantas, nace en un supermercado turco y escala por una serie de escaleras donde el uso del piolet es recomendable. Cocina, baños amarillentos, habitaciones grandes y dos sitios de reuniones: el salón, salpicado de sofás en torno a una mesa templaria y una televisión enorme y, sobre todo, una terraza rectangular que ocupa todo el tejado del supermercado. El suelo es de aislante y una valla, a seis metros de la entrada, señala la “zona habitable”. Debajo, se acumulan macetas con té, menta y romero. Descubro que “romero” en inglés es “rosemary”. Hay una barbacoa.

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No obstante, lo que más sorprende es su decoración. Un auténtico horror vacui recorre cada rincón del hogar. No hay un centímetro de pared sin póster, pintura, cartel o dibujo originado por el LSD. Desde el hueco de las escaleras hasta el baño, que visita de forma muy regular —el cabrón— de D., pienso en la cantidad de tiempo que llevó colocar todo, hacer equilibrios en la saturación de luces y objetos o subirse al techo para situar un póster pantocrático de Bob Marley. Una hoja me llama la atención: “Don’t be racist, hate everyone”.

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Es Holanda y el sol ni aparece, ni sube, ni calienta, pero, al caer la tarde (se supone por los relojes y no la luz, siempre pastosa y constante), sobre las seis, se entabla la cena, primera comida en muchas ocasiones, donde se reúnen todos los estudiantes pequeño-burgueses de Europa que buscaron futuro y hierba en el país de las bicicletas.

We are totally fucked up”, señala con acierto un griego, con los brazos detrás de la cabeza y las piernas estiradas. El resto mira y piensa. Hay más de cuarenta griegos en Enshede. El canuto pasa de mano en mano y el tiempo no invita a hablar. Yo y mis dos compañeros bebemos cerveza. “He’s a mother fucker”, cae la broma de K., con un bonito espacio entre “mother” y “fucker”, lanzada sobre otro griego de figura enjuta: se está tirando a una madre de treinta y tres. Se sigue comiendo la carne asada mientras suena música electrónica.

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Me siento desubicado al no hablar. Más si cabe en una casa tan barroca. Siento la necesidad de rellenar los silencios, ecos de primeras y segundas voces como en una partitura de Bach, pero callo y miro al frente. Y no me aburro. Simplemente callar a veces no es tan malo.

13/08/2015

Hoy es martes y hay mercado. Antes, paramos en una panadería turca, a dos puertas de la casa. Venden una ensaimada rellena de queso que deja un rastro grasa en las manos y placer en el estómago. Volveremos a comer en la plaza, en una pescadería en la que venden y también fríen merluza y chicharro con un dedo de rebozado. Es fascinante el mercadillo. En España, ya sea de abastos o de ropa, furgonetas, tenderetes y coches se acumulan por doquier. Los vendedores gritan. En Holanda, las tiendas tienen un sitio prefijado donde clavar los postes. Entonces, se erige un campamento romano. Todo sigue un orden. Hasta los aparcamientos en línea tienen marcado su espacio con rayas discontinuas, que parecen recién pintadas.

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Por la tarde, visitamos el estadio de fútbol —las nuevas catedrales— del Twente y la Universidad del mismo nombre. Es tecnológica. De tamaño será como la mitad que la Autónoma de Barcelona, pero no hay ni rastro de su apariencia. Caminamos por pasillos vacíos —es agosto— en el que unas pocas personas trabajan en las clean rooms. Aquí no hay pintadas indepes o edificios de hormigón. Todo parece recién estrenado y, arriba, en la torre más alta, de seis plantas, un mundo plano y brumoso se pierde en las líneas del horizonte.

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A veces llega por la noche Azazel, un gato rebeldemente doméstico, como el militante de IU. Viene en busca de comida y cariño. Su pelaje mezcla en franjas irregulares el amarillo pósit y arena mojada. Vago, se sube en la tripa de los jóvenes alucinados y empieza a ronronear sacando las uñas, que se enganchan en jerséis y camisetas, acto que va acompañado de dulces maledicencias. Le gusta que, con las dos manos en forma de cazo, le acaricies la cabeza, achinando sus ojos y aplastando orejas y bigotes al igual que un coche en el túnel de lavado. A la media hora, llama para que le abran la puerta y huye escopeteado hacia la húmeda noche holandesa. Los gatos me dan alergia.

14/08/2015

Compramos billetes de ida y vuelta para visitar las ciudades de Holanda que nos faltan. Primero La Haya, cuyo nombre oficial es Den Haag. Repito, Den Haag. ¿Cómo es posible que se transforme un nombre que recuerda a celtas y a bosque en otro que suena como una cortadora láser?

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Por la tarde nos dirigimos a Gouda, sí, la ciudad del queso. Sus farolas, de hecho, tienen forma de queso. En general, Gouda es la Gante de Holanda, es decir, de las que más nos han gustado. Como Gante, presenta edificios sueltos, separados de su manada, en este caso, el ayuntamiento. Es estirado y sorprende verlo de piedra. Pronto nos sentamos alrededor de la catedral a comer patatas —plato estrella del viaje—. Transcurre un canal por debajo, casi una acequia, y se superponen casas sacadas Hogar y Vida y jardines de Bricomanía. Son las tres, no quema el sol y solo se oye el ulular de las palomas. Un mundo feliz, como tantos otros, que permitiría abrir la imaginación, que inspiraría, que haría pensar en cosas elevadas… y cae el palillo hacía las patatas, untadas en desagradable salsa de cacahuete, elegida por no entender lo que ponía. Tendré que tirar casi todas…

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En Holanda, los Coffe shops se pueden alternar con firmas de abogados o ingenieros. Y lo que es más sorprendente: nada se oculta a los ojos del paseante. Me recuerda al artículo de Jorge Bustos. Efectivamente, nosotros somos un país de visillos. Ellos, de voyeurs seguros de sí mismos. En Gouda, descansando en la primera planta con ventanales y una alta puerta de bar, un hombre veía un partido de fútbol. Se sorprendió al verme entrar. Confundido, le pedí disculpas.

15/08/2015

La ventana se mueve. Hay luces pequeñas que distorsionan el Jungle Speed ¿Repiquetean las gotas en la ventana? Necesito una piscina. Mi cabeza baila, oscila, pero sigue en un sitio. ¿Sigue en su sitio? La risa se escapa, helio puro que golpea el lado izquierdo de K. ¡Pasillos! Soy las burbujas de una pastilla efervescente, como las que de niño miraba volcar en un vaso con un poco de agua. No tengo fiebre, pero la risa… la risa brota de todos los labios, picante, sabrosa, como el condimento de las costillas que acabo de tomar. El sofá te golpea, te aplana, te hace mirar al cielo, ahí, sí, ahí, justo ahí, donde la carcajada se mantiene entre cuadros y hojas, entre latas y conversaciones. La noche se cierne con la mirada de un hombre en el borde desgastado de un papel de usar y tirar.

16/08/2015

En Rotterdam, un mal paso nos tuerce la visita. En el trapecio que forman las vías elevadas del tranvía, D. pisa mal y su tobillo se va a hacer gárgaras. De todas maneras, no me estaba gustando especialmente. Está plagada de rascacielos, que son bonitos, pero me recuerdan demasiado a los incomestibles arbustos que crecen aquí y acullá en un pastizal.

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Los trenes de Holanda no traquetean. Los golpes, empellones, giros y chirridos que dan virilidad a los vagones aquí son castrados. Suaves, van por la llanura. Suelen ser de dos plantas, van pulcramente arreglados con pintura azul y amarilla. Llegan siempre a su hora. Me recuerdan a los jóvenes recién titulados que ingresan en un trabajo: tienen la soberbia inconsciente y la falta de empatía de quien ha cumplido sus metas y se sabe protegido. En realidad, me gustan bastante. Al final tienen WiFi, que es lo importante.

17/08/2015.

Llueve en Enshede. Son las 06:30 y el agua limpia de legañas mi cara. Cojo, D. se adelanta al pelotón con la bici. Nosotros, callados, como este país y esta gente. Nos vamos imperfectos, pero sin aparentarlo, con un abrazo y una palmada, con el “adiós” claro y profundo, irrelevante, que el español permite y que deja tras de sí una media sonrisa; un adiós que es calada de porro, un adiós de los que tienen el mundo por delante y nunca morirán. Levanto los ojos, que se hunden y desvisten en la mampara de los párpados, y a mi derecha, los dedos corretean veloces por el móvil. Las gotas siguen su camino de baba sobre la ventana. Pienso cuán drogada es la vida y susurro en silencio, con todas mis fuerzas, aquel verso de JRJ que dice: instante, pasa, sé recuerdo. Volvemos a casa.

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