Tipsy

“Tipsy” was the first astonishing word I’ve learnt. Move the back of your tongue until you find your teeth in the “T”; wait until the “I” arrives and close your lips for the “P”. Suddenly, it will appear that beautiful “S” Americans have, a sweet vibrant “S”, like a mother ordering her children to stay quiet. Finish with the last “I”, a vowel that can take seconds to end, because you’re tipsy and grammar rules for normal people don’t apply here entirely. This word is with me since then, in every moment in which your head is muddled and stupid smiles tend to escape from your mind towards your face. And now I’m in that situation, sitting in the hood of a white car, at 2 am, looking at the other side of the street. A boy and a girl are walking together, maybe tipsy too. They must be twenty or twenty-one. They girl wears a wonderful short dress and the boy a slim thin T-shirt. Both are handsome: tall, blond and strong. It’s hot tonight and they’re coming back from bars. They are talking and their words are arriving to me as tender as the night is. They aren’t using my mother tongue, but who cares, because those words are the same in thousands of languages and thousands of dialects: something to break the ice, something that’s allow you not hearing the steps hitting the pavement. Sooner enough they will arrive to their homes. Surprisingly, they are neighbors, they discovered during the talk. The conversation is paling: both are almost in the entrance, but they are still looking each other while their hands heads to their pockets to find the keys. And I’m still looking as well, an outsider, a watchman, a person who squeezes images of others, a person who wants ideals and has nothing, a person who rejected a pair of green eyes and a pink jacket. But at that moment, at that precise moment where the key is spinning in the lock, in that hour of the night, under that summer sky, the girl said a sentence that makes life born again in a way that only women can do: “All see you around here!”. And I was happy again.

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Cosas que leí en 2016

En agosto de este año, me trasladé a Madison, Wisconsin, para empezar el PhD en literatura española. He vuelto a estudiar, a engancharme con el Siglo de Oro; he tenido que enseñar. Me han obligado a leer, cosa que echaba de menos: lecturas sobre el reloj. Empecé el año acumulando libros, como si tener amontonarlos supusiera no perder el tiempo, sentir de manera ostentosa que mi cultura se ampliaba, que hacía algo con mi vida en los días eternos de ir a una universidad de provincias en la que no se exige nada. Una manera como cualquier otra de luchar contra las nefandas redes sociales, que tanto tiempo roban cuando te vas a dormir. Me cerré el tuiter. Me abrí tuiter. Me leí mi primer libro inglés. Llegué a días en los que me leía 15 artículos. Ahora vivo en una atmósfera en la que las noches llegan antes y tus días se amplían por trabajo, esfuerzo y organización. He aprendido a cerrar la boca.

En fin, aquí van:

– The Blank Slate, de Pinker. Cada párrafo es una maravilla. Su pensamiento discurre claro, rectilíneo, cuidado, como un río semisalvaje de ciudad. Vuelta a considerar al ser humano como individuo, su naturaleza como algo básico y, a partir de ahí, sumar. Destroza cualquier atisbo de discusión tranquila en un bar con tus amigos de izquierdas.

– Romance de Angélica y Medoro, de Góngora. Probablemente el mejor poeta en español. Agarra algo procedente del Ariosto, con una tradición bien larga de romances y hace algo totalmente nuevo, sexual desde la primera hasta la última línea sin dejar de ser manierista. La agudeza, el wit más intenso en el metro más popular. Lo natural discurriendo entre figuras retóricas.

– El Don Juan, atribuido a Tirso. Qué poco sabemos del Don Juan y cómo de mal lo utiliza la gente. Este primero nos lo pusieron combinado con el de Mozart. Esa condena, no por la mano de Dios, y esa serie de actos incomprensibles ante los que no se tiene respuesta, eleva esta obra a cotas insuperables.

– Una novela rusa, de Carrère. Ya hablé de ella aquí. No me extenderé mucho más, pero leer estas páginas es como acceder a una ventana donde una mujer se está cambiando. Un voyerismo que te hace sentir culpable e excitado, como ante un blog, una carta o un pantallazo de una conversación de una persona que conoces y no se da cuenta del poder de la letra.

– Cartas de amor y guerra, de Fitzgerald. Como surge el amor y como se acaba de un matrimonio bon vivant. El dinero poco a poco expulsa de las líneas a los reproches, alcohol, talento y, por qué no, amor. Y una sonrisa se despega de los labios: como Kerouac, Grinsberg o Bukovski, todos querríamos vivir esa vida, sentir lo mismo y tener lo mismo, porque, reconozcámoslo, es mucho más interesante que ir a comprar el pan cada día. Pero una vez dentro, es un infierno sin ventanas. Menos mal que para eso tenemos la literatura, para leer desde la barrera.

– El existencialismo es humanismo, de Sartre. Una conferencia que dio Sartre en el club Maintenant. La estrella se tuvo que abrir camino a empellones para llegar al micrófono. Un manifiesto que, como Pinker, vuelve al hombre, a su conciencia, a su individualidad y su libertad. Trágico pero no pesimista. Libro que leer cuando te encuentras en una encrucijada.

– The Long Godbye, de Chandler. Segundo libro en inglés. Destaco de este el juego de tiempos, ese silencio y tensión que consigue usando los párrafos y los cierres de capítulo, esas frases que restallan justo al final y que caen como un trago de güisqui. En definitiva, ese “He had a gun in his hand”.

 

Algunas cosas que he visto en este 2016

– Pack Elle (2016), de Paul Verhoeven e Irreversible (2002), de Gaspar Noé. Las vi una detrás de la otra. ¿Cómo mostrar el acto de una violación? Y más aún, ¿una violación donde sobrevuela la duda sobre si le ha gustado a la que la sufre? Preguntas que remueven las tripas y me costaron una cita. Escenas inmensas, como el hombre que ve, se para y se va en Irreversible o la ducha de Huppert en Elle. Diferentes, desasosegantes y de muchas capas. Y sobre todo muy valientes

Everybody Wants Some!! (2016), de Richard Linklater. Me gustó mucho la absoluta y rotunda normalidad Boyhood (la conversación que mantienen en un truck escuchando a Arcade Fire, por ejemplo, o la escena final) pero a veces necesitas en tu vida una American Pie bien hecha para alegrar la tarde. Porque, ¿quién no ha cantado en el coche? ¿Quién no ha querido tener boobs and bootles para siempre? Repaso por la música de la era tocadiscos a la que no llegué, con Frank Zappa y el punk en ellos. Ganas de encontrar un camino y de ligarse a la hermosura de Zoey Deutch. Y sobar cuando empieza la clase. The american way of living.

– Pack Delitos y faltas (1989) y Irrational Man (2015), de Woody Allen. De nuevo, las vi seguidas. Mucho mejor la primera, pero no tan mala la segunda como comentan. Tengo la sensación que el último Woody no hace películas sino complementos a sus clásicos. Nadie pudo reflejar mejor las luchas morales, los pros y las contras de un asesinato como en Delitos, pero en la última, este es el mismo motor de la existencia. Y todo lo vemos en un tono pastel y con un Joaquim Phoenix con tripa cervecera (¡por fin alguno con tripa!)

El Club (The Club) (2015), de Pablo Larraín. Una película agobiante, de las de estirar el cuello, quitarte un botón de la camisa y respirar. Como vivir en la más archimiseria moral por quienes se suponen encargados de vigilarla. Muertos en vida derechos al infierno.

Justified: La ley de Raylan (2010). Esta serie es el swag hecho Raylan Givens, el más rápido con el gatillo y la tragedia griega -o española- de nacer en una familia con odios ancestrales. Todo rodeado pueblerinos y cultos, las montañas de Kentucky y un inglés con acento nasal. Una historia de machos y hembras que esconden una cantidad de mierda o pureza increíble en una mirada y que se comportan así pues porque son así. Los Bennett, los Givens, los Crowder. Inolvidables

The Knick (2014). Me fijo solo en el inicio esta serie. Amanece el Dr. John W. Thackery en un fumadero de opio. El ambiente es el NY de principios del siglo XX, de atmósfera azul lechosa antes del alba. Hay una mezcla de tranvías y coches de tiro en un mundo que se siente transformar a pasos agigantados. Hay un caballo muerto en la calle. El personaje se desata un mocasín blanco nieve y se inyecta heroína (la cocaína todavía no existe) y procede a operar cuando llegue al hospital. Esta serie es el modernismo: una época extraordinaria, donde el mundo cambió como nunca, la esperanza reinaba por doquier y la ciencia estaba en pañales. Y todo ello llevó a una guerra mundial.

Viaje a Sils Maria (2014), Olivier Assayas. Entono mi particular mea culpa con esta película: Kristien Stewart puede ser buena. Estupenda historia de actrices. Una progresiva aceptación de que estás en el final de tu carrera y la perplejidad que es asumir que tu tiempo ha pasado y no te han pedido tu opinión para ello. En contraposición, la juventud.

Vacaciones en Roma (1953), de William Wyler. Una comedia de la que enamorarse. Pocas palabras podría decir yo sobre ella, pero la escena final es lo que la convierte en magnífica. Tras pasar revista a los reporteros (uno de La Vanguardia), Gregory Peck se despide de Audrey andando con las manos en los bolsillos, andando hacia la cámara en contrapicado, y a su alrededor, un fastuoso palacete. Aquí se demuestra qué poco cine hay en la vida real. Y por qué nos enganchamos tanto a la gran pantalla

Ninotchka (1939), de Ernst Lubitsch. A principios de año, mis padres me pusieron un ciclo de Ernst Lubitsch. Me quedo con esta película y esta maravillosa escena. “Me niego a quitarle el polvo al Capital de Carlos Marx” y, sobre todo, “la idea de compartir la cuenta con ud. y que ud. se lleve la mitad de mis ahorros” es la mejor definición del Comunismo jamás filmada.

But that’s all I want, the truth

You don’t know the truth. You don’t know anything.

But that’s all I want, the truth. I want you to talk to me.

Emanuel Carrère, My Life as A Russian Novel

 

Dice Arcadi Espada que se levantó de su cama para mirar si, efectivamente, lo relatado por Carrère era cierto. Si escribió esa carta en Le Monde, si es tan perdedor como se relata. Y podemos suponer que sí, que es tan colosal capullo como se dice. Digo “suponemos” porque no deja de ser como él dice que es. Pero escarba su vida con la sinceridad del bisturí. Describe con prosa telegráfica su cipote y el equivalente mujeril, su relación con su familia, ese pueblo de Rusia perdido de la mano de Dios que a nadie interesa y a nadie le volverá a interesar. Y nos lo dice a todos: familia, allegados, franceses, el mundo. Como buen francés, su boutade alcanza cotas de arte. También vemos lo fácil que es conseguir una subvención en Francia.

No obstante, lo mejor que plantea el libro es la verdad, la realidad y la literatura. El personaje Carrère quiere saber, saber qué ha pasado, saber qué sienten, saber qué hacer. Saber, saber, saber. Saber aun cuando sabe lo que va a costar, en este caso, su mujer, cuya actitud roza el acoso. Saber qué ha pasado con su abuelo, saber qué ha pasado con la pobre mujer que sabía francés. Saber hablar ruso. Saber que lo escribe tiene algún significado para alguien, saber que alguien en el tren se va a masturbar, saber que la literatura puede ser performativa, que él con su obra puede cambiar algo. Pero, desgraciadamente, acabamos leyendo el triunfo la realidad, la gran puta gris. Que puedes ser francés, rico, artista bon vivant, conocido y todo lo demás, pero tu vida es igual de triste que el resto. Que eres del montón y tienes problemas de cuarentón. Que tu vida es una birria y lo que va a ser tu carta de amor la leen miles de personas menos su destinataria, quién está en la situación más jodida de su vida. Y que tú describes eso, la crónica de ser un perdedor, sin un gramo de compasión para ti mi. Escribes sabiendo que te van a leer tus padres, tus hijos, tus amigos de la bohemia. Escribes sabiendo que vas a ser retratado. En la época del posmodernismo, donde todos se disfrazan en público con la librea del relativismo, pides verdad y tristemente verdad encuentras.

Nunca más claramente sabemos que la literatura no salva.

Gracias, Emanuel

 

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Me gustaría construir una foto

Ahora, que todos mis días son domingos por la mañana, me gustaría construir una foto. Recuperar cada pedazo, cada imagen de ti. Por ejemplo, el momento en el que aparecías con el abrigo beige en clase, con el pelo negro y flequillo en el lado derecho. Aburrido, giraba el Bic entre mis dedos -3 de cada 10 intentos se caía- y, en el octavo limbo, te miraba viendo la bufanda negra y rosa (¿se llama bufanda?) que a veces te robaba. La tarde se oscurecía sobre zumos de cebada, mientras hablábamos de todo y nada, de lo importante y de lo tonto, pero siempre era necesario. Sexo como tópico, risa como premio. Los niños te encantan, añadías, mientras te acompañaba a comprar las botas o intentaba hacerte reír con boberías de juglar sin gracia. Vida monótona entre reguleras clases, pero por ello mismo bello, por estar tú, por alégrame el día. Me gustaría, en fin, atrapar todos esos momentos de ti, acumularlos en un montón de hojas y dejar que los críos lo destrocen con su griterío ensordecedor. Así se construye la vida: arruinando y componiendo fotos. Trocitos de fulgores, personas, actitudes, sensaciones y objetos que no son de los demás, sino ya solo tuyos. Por eso no tengo palabras, porque sin ti no sería lo que soy, porque eres única y solo desearía que, en nuestros domingos eternos, nunca estuvieras triste.

Sobre La tabla rasa.

En mi pila de libros se posaba The Blank Slate y, debajo —o encima, o en lado, porque lo he ido posponiendo— los sonetos de Shakespeare.

El libro de Pinker es un buen tocho. Primero, por el precio. De la edición en castellano a inglesa van 21 euros, casi tres veces menos: un chollo. Segundo, son 400 páginas de papel cuasi-biblia. Letra pequeña. No obstante, no desluce el aluvión de ideas que se transpira el libro es apabullante.

Aunque me presenta dudas las explicaciones culturalistas, cuando leo inglés tengo la sensación de que lo más difícil se vuelve fácil. No hay prácticamente subordinadas; el ritmo no decae. Todos los párrafos miden más o menos lo mismo y el hilo del pensamiento del autor es claro. Como leí en un artículo de Cristian Campos, el inglés es como mirar el hielo. Añado yo: el hielo de un lago congelado. Es límpido, hermoso, acojona y nunca sabes lo que te encuentras debajo.

Se podría hablar de innumerables cosas del libro. Es un torpedo en la línea de flotación de muchos prejuicios sostenidos en esta, nuestra universidad pública. De hecho, es todo lo contrario a una profesora que me impartió clase este año. Pero el poso final que me deja es el de una desazón tremenda sobre el tema, oh, mi capitán, mi capitán, del libre albedrío.

Las ideas de Pinker son, si les damos una revolución desde la ignorancia del libro de ensayo, “plausibles”. Es más, lógicas. Estamos configurados; nuestros genes importan. Lo sé por lingüística y es posible en otros ámbitos. Pero es asomarse desde la torre Alcázar de Segovia: te atrapa el vértigo de sentir que tus acciones son probabilidad dentro de tu núcleo celular. ¿Quizás por eso es un libro que despierte tantas pasiones? Steven Pinker es, sin lugar a dudas, un jodido provocador.

PD: Voy ya por el soneto 30.

El Cid y la serenitas

El mundo de los superhéroes, héroes a secas o personas que por su fuerza, iniciativa y vitalidad son capaces de pasar a la Historia siempre me ha fascinado. No es de extrañar, pues en ellos encuentra representadas las virtudes y la energía de la que adolezco. De hecho, por ello han sido creados o han pasado a la Historia: para servir de ejemplo a personas que necesitan un faro con el que guiarse, un cierto albor que ilumine algunas mañanas. Es por eso que los abuelos cuentan historietas y fábulas a los nietos y, hace nueve siglos, los juglares recitaban lo siguiente:

Le hospedarían con gusto, / pero ninguno osaba:

que el rey don Alfonso / le tenía gran saña.[1]

Antes de la noche / en Burgos entró su carta

con gran mandamiento / y fuertemente sellada[2]

que a mío Cid Ruy Díaz / que nadie le diese posada

y aquellos que se la diesen / supiesen vera palabra[3]

que perderían sus bienes / y además los ojos de la cara,

y aun además / los cuerpos y las almas.

Grande duelo tenían / las gentes cristianas;

se esconden de mío Cid, / que no osan decirle nada.

El Campeador / se dirigió a su posada;

cuando llegó a la puerta, / la halló bien cerrada,

por miedo del rey Alfonso, / así ellos acordaran:

que a menos que la rompiese, / no se la abrirían por nada.

Los de mío Cid / a altas voces llaman,

los de dentro / no les querían responder palabra.

Aguijó[4] mío Cid, / a la puerta se llegaba,

sacó el pie del estribo, / un fuerte golpe daba;

no se abre la puerta, / que estaba bien cerrada.

Una niña de nueve años / a mío Cid se acercaba:

«Ya Campeador, / en buen hora ceñiste espada

«El rey lo ha vedado, / anoche entró su carta,

«con gran mandamiento / y fuertemente sellada.

«No os osaríamos / abrir ni acoger por nada;

«si no, perderíamos / los bienes y las casas,

«y aún además / los ojos de las caras.

«Cid, en nuestro mal / vos no ganáis nada;

mas el Criador os guarde / con todas sus virtudes santas».

Esto la niña dijo / y tornó para su casa.

Ya lo ve el Cid / que del rey no esperaba gracia.

Partióse de la puerta, / por Burgos aguijaba,

llegó a Santa María, / luego descabalga;

hincó las rodillas, / de corazón rogaba.

La oración hecha, / luego cabalgaba;

salió por la puerta, / el río Arlanzón pasaba.

Junto a la villa de Burgos / en la glera[5] acampaba,

mandó plantar las tiendas, / después descabalgaba.

Mío Cid Ruy Díaz, / el que en buen hora ciñó espada,

acampó en la glera / que nadie le abre su casa;

están junto a él / los fieles que le acompañan.

Así acampó mío Cid / como si fuese en montaña.

Situémonos. Son los versículos 21-61 del Cantar del Mio Cid, el único poema épico castellano conservado, y en él se narra las gestas de Rodrigo Díaz de Vivar, alias El Cid Campeador, un importante noble de la corte castellana del siglo X. Sin embargo, como toda historia que se precie, nuestro héroe sufre un desgracia: sus “enemigos malos”, por invidia, malmeten contra él y convencen al rey Alfonso VI para que le exilie de todos sus reinos.

Quien haya viajado alguna vez por tierras castellanas, seguro que habrá visto su dureza. Dependiendo de la estación, un sol de justicia o un viento gélido acompañan al caminante sobre una tierra que arde o está cubierta de escarcha. No hay ni una sombra, ni un descanso. Solo páramos donde aguantan a duras penas pinos y encinas y donde las piedras, el brezo y la retama son los dueños del paisaje.

No es un paisaje que invite a la conversación y mucho menos al Cid y a los ochenta de los suyos que le acompañan al destierro. Marchan sumergidos en pensamientos lúgubres y tristes. Él, que era un noble importante, padre de familia y señor de una tierra rica y próspera, ahora es un paria. Él, que lo tenía todo, ahora no tiene nada, ni posesiones ni honra. Solo le quedan un puñado de fieles y lo que sus caballos pueden cargar.

Tras un agotador día de marcha, el Cid llega a la ciudad de Burgos. Son él y ochenta guerreros más, duros como el paisaje, curtidos en mil batallas. Sin embargo, en el culmen de la deshonra, el Rey ha prohibido darles alojamiento y comida, so pena de gravísimos castigos. Esto es lo máximo que pueda aguantar el Cid. Él, que ha sido siempre buen vasallo, jugándose la vida y la hacienda a la primera llamada del rey, recibe este insulto. Él, que ha aceptado la decisión del rey sin oponerse ni rebelarse, recibe este último desprecio.

Ya golpean las puertas; apenas se contienen. Están muertos de hambre y sed; todos tienen los huesos molidos. Solo un pensamiento recorre sus cabezas: ¿Por qué no coger lo que necesitan? ¿Por qué no apagar la sed y el hambre? ¿Quién se lo impide?. Ellos tienen las armas, ellos son el Poder. Los burgaleses han tenido la osadía de cerrarles las puertas, de negarles una ayuda. Por mucho menos, han saqueado villas y aldeas. El Cid duda. Ellos son ochenta y uno, ellos blanden espadas y ellos montan en enormes caballos. No costaría nada echar abajo la puerta de la posada o, a una señal del Cid, arrasar con Burgos sin dejar piedra sobre piedra.

En la ciudad se respira tensión y miedo. No se escucha nada. Todo el mundo sabe lo que va a ocurrir. De repente, sale a la calle una niña de nueve años. Es la Inocencia, es la Conciencia. Tiene el increíble valor, la absoluta entereza que da la pureza de plantarse delante de ellos, soldados cubiertos de cicatrices, sucios del polvo del camino y locos de cansancio. Su cabeza apenas llega a la rodilla de Babieca, el caballo del Cid, pero su cristalina voz resuena por el pueblo vacio con una frase que quedará gravada en la Historia de la Literatura: “Cid, en nuestro mal / vos no ganáis nada”.

El Cid calla, el Cid asiente, el Cid entra en razón. Ha estado a punto de perder su serenitas, la capacidad de razón y reflexión que siempre le han caracterizado. Por satisfacer los instintos, ha estado a punto de de cruzar una frontera sin retorno. Simplemente, con alargar la mano y coger algo tan humanamente necesario como agua, comida y un lecho donde dormir, hubiese conducido a mucha gente a la tortura o a la muerte. A tiempo, recuerda que todo acto tiene consecuencias y que guiarse por los placeres tiene unos efectos desconocidos, terroríficos y, muchas veces, irreversibles.

De vez en cuando, releo este pasaje, admiro su belleza y refresco el mensaje. Porque de vez en cuando, no está de más recordar que nunca hay que perder la capacidad de raciocinio y reflexión, aunque estemos borrachos, cachondos o fuera de sí. Porque una copa antes de conducir, engañar a una novia una noche o jugar una última mano puede tener unas consecuencias que siempre lamentaremos más tarde.

[1] enojo, odio

[2] enviada por el rey con intenciones severas

[3] no debieran dudar

[4] espolear, incitar (un caballo)

[5] ribera del río