Cosas que leí en 2016

En agosto de este año, me trasladé a Madison, Wisconsin, para empezar el PhD en literatura española. He vuelto a estudiar, a engancharme con el Siglo de Oro; he tenido que enseñar. Me han obligado a leer, cosa que echaba de menos: lecturas sobre el reloj. Empecé el año acumulando libros, como si tener amontonarlos supusiera no perder el tiempo, sentir de manera ostentosa que mi cultura se ampliaba, que hacía algo con mi vida en los días eternos de ir a una universidad de provincias en la que no se exige nada. Una manera como cualquier otra de luchar contra las nefandas redes sociales, que tanto tiempo roban cuando te vas a dormir. Me cerré el tuiter. Me abrí tuiter. Me leí mi primer libro inglés. Llegué a días en los que me leía 15 artículos. Ahora vivo en una atmósfera en la que las noches llegan antes y tus días se amplían por trabajo, esfuerzo y organización. He aprendido a cerrar la boca.

En fin, aquí van:

– The Blank Slate, de Pinker. Cada párrafo es una maravilla. Su pensamiento discurre claro, rectilíneo, cuidado, como un río semisalvaje de ciudad. Vuelta a considerar al ser humano como individuo, su naturaleza como algo básico y, a partir de ahí, sumar. Destroza cualquier atisbo de discusión tranquila en un bar con tus amigos de izquierdas.

– Romance de Angélica y Medoro, de Góngora. Probablemente el mejor poeta en español. Agarra algo procedente del Ariosto, con una tradición bien larga de romances y hace algo totalmente nuevo, sexual desde la primera hasta la última línea sin dejar de ser manierista. La agudeza, el wit más intenso en el metro más popular. Lo natural discurriendo entre figuras retóricas.

– El Don Juan, atribuido a Tirso. Qué poco sabemos del Don Juan y cómo de mal lo utiliza la gente. Este primero nos lo pusieron combinado con el de Mozart. Esa condena, no por la mano de Dios, y esa serie de actos incomprensibles ante los que no se tiene respuesta, eleva esta obra a cotas insuperables.

– Una novela rusa, de Carrère. Ya hablé de ella aquí. No me extenderé mucho más, pero leer estas páginas es como acceder a una ventana donde una mujer se está cambiando. Un voyerismo que te hace sentir culpable e excitado, como ante un blog, una carta o un pantallazo de una conversación de una persona que conoces y no se da cuenta del poder de la letra.

– Cartas de amor y guerra, de Fitzgerald. Como surge el amor y como se acaba de un matrimonio bon vivant. El dinero poco a poco expulsa de las líneas a los reproches, alcohol, talento y, por qué no, amor. Y una sonrisa se despega de los labios: como Kerouac, Grinsberg o Bukovski, todos querríamos vivir esa vida, sentir lo mismo y tener lo mismo, porque, reconozcámoslo, es mucho más interesante que ir a comprar el pan cada día. Pero una vez dentro, es un infierno sin ventanas. Menos mal que para eso tenemos la literatura, para leer desde la barrera.

– El existencialismo es humanismo, de Sartre. Una conferencia que dio Sartre en el club Maintenant. La estrella se tuvo que abrir camino a empellones para llegar al micrófono. Un manifiesto que, como Pinker, vuelve al hombre, a su conciencia, a su individualidad y su libertad. Trágico pero no pesimista. Libro que leer cuando te encuentras en una encrucijada.

– The Long Godbye, de Chandler. Segundo libro en inglés. Destaco de este el juego de tiempos, ese silencio y tensión que consigue usando los párrafos y los cierres de capítulo, esas frases que restallan justo al final y que caen como un trago de güisqui. En definitiva, ese “He had a gun in his hand”.

 

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