El Cid y la serenitas

El mundo de los superhéroes, héroes a secas o personas que por su fuerza, iniciativa y vitalidad son capaces de pasar a la Historia siempre me ha fascinado. No es de extrañar, pues en ellos encuentra representadas las virtudes y la energía de la que adolezco. De hecho, por ello han sido creados o han pasado a la Historia: para servir de ejemplo a personas que necesitan un faro con el que guiarse, un cierto albor que ilumine algunas mañanas. Es por eso que los abuelos cuentan historietas y fábulas a los nietos y, hace nueve siglos, los juglares recitaban lo siguiente:

Le hospedarían con gusto, / pero ninguno osaba:

que el rey don Alfonso / le tenía gran saña.[1]

Antes de la noche / en Burgos entró su carta

con gran mandamiento / y fuertemente sellada[2]

que a mío Cid Ruy Díaz / que nadie le diese posada

y aquellos que se la diesen / supiesen vera palabra[3]

que perderían sus bienes / y además los ojos de la cara,

y aun además / los cuerpos y las almas.

Grande duelo tenían / las gentes cristianas;

se esconden de mío Cid, / que no osan decirle nada.

El Campeador / se dirigió a su posada;

cuando llegó a la puerta, / la halló bien cerrada,

por miedo del rey Alfonso, / así ellos acordaran:

que a menos que la rompiese, / no se la abrirían por nada.

Los de mío Cid / a altas voces llaman,

los de dentro / no les querían responder palabra.

Aguijó[4] mío Cid, / a la puerta se llegaba,

sacó el pie del estribo, / un fuerte golpe daba;

no se abre la puerta, / que estaba bien cerrada.

Una niña de nueve años / a mío Cid se acercaba:

«Ya Campeador, / en buen hora ceñiste espada

«El rey lo ha vedado, / anoche entró su carta,

«con gran mandamiento / y fuertemente sellada.

«No os osaríamos / abrir ni acoger por nada;

«si no, perderíamos / los bienes y las casas,

«y aún además / los ojos de las caras.

«Cid, en nuestro mal / vos no ganáis nada;

mas el Criador os guarde / con todas sus virtudes santas».

Esto la niña dijo / y tornó para su casa.

Ya lo ve el Cid / que del rey no esperaba gracia.

Partióse de la puerta, / por Burgos aguijaba,

llegó a Santa María, / luego descabalga;

hincó las rodillas, / de corazón rogaba.

La oración hecha, / luego cabalgaba;

salió por la puerta, / el río Arlanzón pasaba.

Junto a la villa de Burgos / en la glera[5] acampaba,

mandó plantar las tiendas, / después descabalgaba.

Mío Cid Ruy Díaz, / el que en buen hora ciñó espada,

acampó en la glera / que nadie le abre su casa;

están junto a él / los fieles que le acompañan.

Así acampó mío Cid / como si fuese en montaña.

Situémonos. Son los versículos 21-61 del Cantar del Mio Cid, el único poema épico castellano conservado, y en él se narra las gestas de Rodrigo Díaz de Vivar, alias El Cid Campeador, un importante noble de la corte castellana del siglo X. Sin embargo, como toda historia que se precie, nuestro héroe sufre un desgracia: sus “enemigos malos”, por invidia, malmeten contra él y convencen al rey Alfonso VI para que le exilie de todos sus reinos.

Quien haya viajado alguna vez por tierras castellanas, seguro que habrá visto su dureza. Dependiendo de la estación, un sol de justicia o un viento gélido acompañan al caminante sobre una tierra que arde o está cubierta de escarcha. No hay ni una sombra, ni un descanso. Solo páramos donde aguantan a duras penas pinos y encinas y donde las piedras, el brezo y la retama son los dueños del paisaje.

No es un paisaje que invite a la conversación y mucho menos al Cid y a los ochenta de los suyos que le acompañan al destierro. Marchan sumergidos en pensamientos lúgubres y tristes. Él, que era un noble importante, padre de familia y señor de una tierra rica y próspera, ahora es un paria. Él, que lo tenía todo, ahora no tiene nada, ni posesiones ni honra. Solo le quedan un puñado de fieles y lo que sus caballos pueden cargar.

Tras un agotador día de marcha, el Cid llega a la ciudad de Burgos. Son él y ochenta guerreros más, duros como el paisaje, curtidos en mil batallas. Sin embargo, en el culmen de la deshonra, el Rey ha prohibido darles alojamiento y comida, so pena de gravísimos castigos. Esto es lo máximo que pueda aguantar el Cid. Él, que ha sido siempre buen vasallo, jugándose la vida y la hacienda a la primera llamada del rey, recibe este insulto. Él, que ha aceptado la decisión del rey sin oponerse ni rebelarse, recibe este último desprecio.

Ya golpean las puertas; apenas se contienen. Están muertos de hambre y sed; todos tienen los huesos molidos. Solo un pensamiento recorre sus cabezas: ¿Por qué no coger lo que necesitan? ¿Por qué no apagar la sed y el hambre? ¿Quién se lo impide?. Ellos tienen las armas, ellos son el Poder. Los burgaleses han tenido la osadía de cerrarles las puertas, de negarles una ayuda. Por mucho menos, han saqueado villas y aldeas. El Cid duda. Ellos son ochenta y uno, ellos blanden espadas y ellos montan en enormes caballos. No costaría nada echar abajo la puerta de la posada o, a una señal del Cid, arrasar con Burgos sin dejar piedra sobre piedra.

En la ciudad se respira tensión y miedo. No se escucha nada. Todo el mundo sabe lo que va a ocurrir. De repente, sale a la calle una niña de nueve años. Es la Inocencia, es la Conciencia. Tiene el increíble valor, la absoluta entereza que da la pureza de plantarse delante de ellos, soldados cubiertos de cicatrices, sucios del polvo del camino y locos de cansancio. Su cabeza apenas llega a la rodilla de Babieca, el caballo del Cid, pero su cristalina voz resuena por el pueblo vacio con una frase que quedará gravada en la Historia de la Literatura: “Cid, en nuestro mal / vos no ganáis nada”.

El Cid calla, el Cid asiente, el Cid entra en razón. Ha estado a punto de perder su serenitas, la capacidad de razón y reflexión que siempre le han caracterizado. Por satisfacer los instintos, ha estado a punto de de cruzar una frontera sin retorno. Simplemente, con alargar la mano y coger algo tan humanamente necesario como agua, comida y un lecho donde dormir, hubiese conducido a mucha gente a la tortura o a la muerte. A tiempo, recuerda que todo acto tiene consecuencias y que guiarse por los placeres tiene unos efectos desconocidos, terroríficos y, muchas veces, irreversibles.

De vez en cuando, releo este pasaje, admiro su belleza y refresco el mensaje. Porque de vez en cuando, no está de más recordar que nunca hay que perder la capacidad de raciocinio y reflexión, aunque estemos borrachos, cachondos o fuera de sí. Porque una copa antes de conducir, engañar a una novia una noche o jugar una última mano puede tener unas consecuencias que siempre lamentaremos más tarde.

[1] enojo, odio

[2] enviada por el rey con intenciones severas

[3] no debieran dudar

[4] espolear, incitar (un caballo)

[5] ribera del río

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