“El círculo seco que deja mi paraguas en una tormenta de verano mientras espero al autobús”

La primavera empieza a oler en WI

y las mujeres brillan al sol,

con sus largas piernas sin celulitis,

su risa hiriente y su ropa hortera.

Oculto tras unas gafas de sol

las miraba, lejano y vago,

un poco curioso, no lo suficiente.

Mi vida es ese instante:

el calor rebotando en mi piel blanca,

los buenos días a la autobusera,

usar “apuesto” para describir a un hombre.

Pero mi vida también es otra:

aquella que dibujan las gotas sobre el asfalto,

esa fragancia de grasa y humedad

que te muerde los huesos

y te rodea con bochorno de verano.

Solo, siempre solo,

espero al autobús,

y veo como Madison se empapa,

con la brusquedad y el cariño

de una bronca materna a la edad de diez.

Hace un mes nevaba y la lluvia llega tarde

con su pecho poderoso y su sexo destructor,

aquí la frondosidad mata y da vida.

Solo, siempre solo,

aún en compañía, fiestas descontroladas

donde siempre pierdo cosas.

Y es que me abalanzo a la edad

donde las resacas duran dos días,

sin problemas ni preocupaciones,

sin pensar ni hacerme cargo de nadie.

Y así seguiré, feliz y melancólico,

hasta que la encuentre,

hasta que el ideal que no existe

aparezca en alguna discoteca,

el pelo apelmazado por agua y en sujetador,

inmensamente alta, siendo deseada por mil ojos,

para que me susurre con una sonrisa sardónica

que ella era todo lo que estaba esperando

y no lo sabía y con todo su ser me bese

para por fin pensar ahora eterno,

que alma y mundo son marionetas

girando al son del tiempo.

Mientras, solo, siempre solo,

continuaré muriendo,

feliz y melancólico,

en el intrépido sueño

de un vivo cuerdo.

 

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Tipsy

“Tipsy” was the first astonishing word I learnt. Move the back of your tongue until you find your teeth in the “T”; wait until the “I” arrives and close your lips for the “P”. Suddenly, it will appear that beautiful “S” Americans have, a sweet vibrant “S”, like a mother ordering her child to stay quiet. Finish the word with a last “I”, a vowel that can take seconds to end, because you’re tipsy and grammar rules don’t apply here entirely. This word is with me since then, in every moment in which your head is muddled and stupid smiles tend to escape from your mind towards your face. And now I’m in that situation, sitting on a hood of a white car, at 2 am, looking at the other side of the street. A boy and a girl are walking together, maybe tipsy too. They may be twenty or twenty-one. They girl wears a wonderful short dress and the boy a slim T-shirt. Both are handsome: tall, blond, and strong. It’s hot tonight and they’re coming back from bars. They are chitchatting, and their words are arriving to me as tender as the night is. They aren’t using my mother tongue, but who cares, because those words are the same in thousands of languages and dialects: something to break the ice, something that allows you not hearing your steps hitting the pavement. Sooner enough they will arrive to their homes. Surprisingly, they are neighbors, they discovered during the talk. The conversation is paling: both are almost at the entrance, but they are still looking each other while their hands heads to their pockets to find the keys. And I’m still looking as well, an outsider, a watchman, a person who squeezes images of others, a person who wants ideals and has nothing, a person who rejected a pair of green eyes and a pink jacket. But at that moment, at that precise moment where the key is spinning in the lock, in that hour of the night, under that summer sky, the girl said a sentence that makes life born again in a way only women can do: “I’ll see you around here!”. And in that moment, I was happy again.

Relatos

Vale

La conoció el día que acabo de leer El Quijote. Cerró el libro y en ese instante, aquel en el que el tiempo parece prender a los pies del segundero, en el que la vida se decide en la más infinita respuesta que puede dar un hombre, pudo ser capaz de entonar un “¡vale!” y finalmente pudo probar en sus labios el olor del mar.

Reflexión

El joder aparece infinitamente más veces en el error que en el placer, pensó el soldado francés al ver caer los obuses sobre el campo lunar de Verdún.

El Beibismo

No somos dueños de nuestros nombres. La vida se dice en palabras de otros. Que no gritaré lo que siento, aunque lo crea, porque no existes más que en lo que diga, sombra vana que duele tanto. Por eso, cuando piense en ti todos los segundos, cuando el amargo torrente de sinsentidos se enfrente a lanzadas, me acunaré en el bautizo: no por mí, que pronto seré silencio, sino por lo que tú nunca podrás añadir. Mne, mátame, pues he perdido la esperanza.

Cosas que leí en 2016

En agosto de este año, me trasladé a Madison, Wisconsin, para empezar el PhD en literatura española. He vuelto a estudiar, a engancharme con el Siglo de Oro; he tenido que enseñar. Me han obligado a leer, cosa que echaba de menos: lecturas sobre el reloj. Empecé el año acumulando libros, como si tener amontonarlos supusiera no perder el tiempo, sentir de manera ostentosa que mi cultura se ampliaba, que hacía algo con mi vida en los días eternos de ir a una universidad de provincias en la que no se exige nada. Una manera como cualquier otra de luchar contra las nefandas redes sociales, que tanto tiempo roban cuando te vas a dormir. Me cerré el tuiter. Me abrí tuiter. Me leí mi primer libro inglés. Llegué a días en los que me leía 15 artículos. Ahora vivo en una atmósfera en la que las noches llegan antes y tus días se amplían por trabajo, esfuerzo y organización. He aprendido a cerrar la boca.

En fin, aquí van:

– The Blank Slate, de Pinker. Cada párrafo es una maravilla. Su pensamiento discurre claro, rectilíneo, cuidado, como un río semisalvaje de ciudad. Vuelta a considerar al ser humano como individuo, su naturaleza como algo básico y, a partir de ahí, sumar. Destroza cualquier atisbo de discusión tranquila en un bar con tus amigos de izquierdas.

– Romance de Angélica y Medoro, de Góngora. Probablemente el mejor poeta en español. Agarra algo procedente del Ariosto, con una tradición bien larga de romances y hace algo totalmente nuevo, sexual desde la primera hasta la última línea sin dejar de ser manierista. La agudeza, el wit más intenso en el metro más popular. Lo natural discurriendo entre figuras retóricas.

– El Don Juan, atribuido a Tirso. Qué poco sabemos del Don Juan y cómo de mal lo utiliza la gente. Este primero nos lo pusieron combinado con el de Mozart. Esa condena, no por la mano de Dios, y esa serie de actos incomprensibles ante los que no se tiene respuesta, eleva esta obra a cotas insuperables.

– Una novela rusa, de Carrère. Ya hablé de ella aquí. No me extenderé mucho más, pero leer estas páginas es como acceder a una ventana donde una mujer se está cambiando. Un voyerismo que te hace sentir culpable e excitado, como ante un blog, una carta o un pantallazo de una conversación de una persona que conoces y no se da cuenta del poder de la letra.

– Cartas de amor y guerra, de Fitzgerald. Como surge el amor y como se acaba de un matrimonio bon vivant. El dinero poco a poco expulsa de las líneas a los reproches, alcohol, talento y, por qué no, amor. Y una sonrisa se despega de los labios: como Kerouac, Grinsberg o Bukovski, todos querríamos vivir esa vida, sentir lo mismo y tener lo mismo, porque, reconozcámoslo, es mucho más interesante que ir a comprar el pan cada día. Pero una vez dentro, es un infierno sin ventanas. Menos mal que para eso tenemos la literatura, para leer desde la barrera.

– El existencialismo es humanismo, de Sartre. Una conferencia que dio Sartre en el club Maintenant. La estrella se tuvo que abrir camino a empellones para llegar al micrófono. Un manifiesto que, como Pinker, vuelve al hombre, a su conciencia, a su individualidad y su libertad. Trágico pero no pesimista. Libro que leer cuando te encuentras en una encrucijada.

– The Long Godbye, de Chandler. Segundo libro en inglés. Destaco de este el juego de tiempos, ese silencio y tensión que consigue usando los párrafos y los cierres de capítulo, esas frases que restallan justo al final y que caen como un trago de güisqui. En definitiva, ese “He had a gun in his hand”.

 

Algunas cosas que he visto en este 2016

– Pack Elle (2016), de Paul Verhoeven e Irreversible (2002), de Gaspar Noé. Las vi una detrás de la otra. ¿Cómo mostrar el acto de una violación? Y más aún, ¿una violación donde sobrevuela la duda sobre si le ha gustado a la que la sufre? Preguntas que remueven las tripas y me costaron una cita. Escenas inmensas, como el hombre que ve, se para y se va en Irreversible o la ducha de Huppert en Elle. Diferentes, desasosegantes y de muchas capas. Y sobre todo muy valientes

Everybody Wants Some!! (2016), de Richard Linklater. Me gustó mucho la absoluta y rotunda normalidad Boyhood (la conversación que mantienen en un truck escuchando a Arcade Fire, por ejemplo, o la escena final) pero a veces necesitas en tu vida una American Pie bien hecha para alegrar la tarde. Porque, ¿quién no ha cantado en el coche? ¿Quién no ha querido tener boobs and bootles para siempre? Repaso por la música de la era tocadiscos a la que no llegué, con Frank Zappa y el punk en ellos. Ganas de encontrar un camino y de ligarse a la hermosura de Zoey Deutch. Y sobar cuando empieza la clase. The american way of living.

– Pack Delitos y faltas (1989) y Irrational Man (2015), de Woody Allen. De nuevo, las vi seguidas. Mucho mejor la primera, pero no tan mala la segunda como comentan. Tengo la sensación que el último Woody no hace películas sino complementos a sus clásicos. Nadie pudo reflejar mejor las luchas morales, los pros y las contras de un asesinato como en Delitos, pero en la última, este es el mismo motor de la existencia. Y todo lo vemos en un tono pastel y con un Joaquim Phoenix con tripa cervecera (¡por fin alguno con tripa!)

El Club (The Club) (2015), de Pablo Larraín. Una película agobiante, de las de estirar el cuello, quitarte un botón de la camisa y respirar. Como vivir en la más archimiseria moral por quienes se suponen encargados de vigilarla. Muertos en vida derechos al infierno.

Justified: La ley de Raylan (2010). Esta serie es el swag hecho Raylan Givens, el más rápido con el gatillo y la tragedia griega -o española- de nacer en una familia con odios ancestrales. Todo rodeado pueblerinos y cultos, las montañas de Kentucky y un inglés con acento nasal. Una historia de machos y hembras que esconden una cantidad de mierda o pureza increíble en una mirada y que se comportan así pues porque son así. Los Bennett, los Givens, los Crowder. Inolvidables

The Knick (2014). Me fijo solo en el inicio esta serie. Amanece el Dr. John W. Thackery en un fumadero de opio. El ambiente es el NY de principios del siglo XX, de atmósfera azul lechosa antes del alba. Hay una mezcla de tranvías y coches de tiro en un mundo que se siente transformar a pasos agigantados. Hay un caballo muerto en la calle. El personaje se desata un mocasín blanco nieve y se inyecta heroína (la cocaína todavía no existe) y procede a operar cuando llegue al hospital. Esta serie es el modernismo: una época extraordinaria, donde el mundo cambió como nunca, la esperanza reinaba por doquier y la ciencia estaba en pañales. Y todo ello llevó a una guerra mundial.

Viaje a Sils Maria (2014), Olivier Assayas. Entono mi particular mea culpa con esta película: Kristien Stewart puede ser buena. Estupenda historia de actrices. Una progresiva aceptación de que estás en el final de tu carrera y la perplejidad que es asumir que tu tiempo ha pasado y no te han pedido tu opinión para ello. En contraposición, la juventud.

Vacaciones en Roma (1953), de William Wyler. Una comedia de la que enamorarse. Pocas palabras podría decir yo sobre ella, pero la escena final es lo que la convierte en magnífica. Tras pasar revista a los reporteros (uno de La Vanguardia), Gregory Peck se despide de Audrey andando con las manos en los bolsillos, andando hacia la cámara en contrapicado, y a su alrededor, un fastuoso palacete. Aquí se demuestra qué poco cine hay en la vida real. Y por qué nos enganchamos tanto a la gran pantalla

Ninotchka (1939), de Ernst Lubitsch. A principios de año, mis padres me pusieron un ciclo de Ernst Lubitsch. Me quedo con esta película y esta maravillosa escena. “Me niego a quitarle el polvo al Capital de Carlos Marx” y, sobre todo, “la idea de compartir la cuenta con ud. y que ud. se lleve la mitad de mis ahorros” es la mejor definición del Comunismo jamás filmada.

But that’s all I want, the truth

You don’t know the truth. You don’t know anything.

But that’s all I want, the truth. I want you to talk to me.

Emanuel Carrère, My Life as A Russian Novel

 

Dice Arcadi Espada que se levantó de su cama para mirar si, efectivamente, lo relatado por Carrère era cierto. Si escribió esa carta en Le Monde, si es tan perdedor como se relata. Y podemos suponer que sí, que es tan colosal capullo como se dice. Digo “suponemos” porque no deja de ser como él dice que es. Pero escarba su vida con la sinceridad del bisturí. Describe con prosa telegráfica su cipote y el equivalente mujeril, su relación con su familia, ese pueblo de Rusia perdido de la mano de Dios que a nadie interesa y a nadie le volverá a interesar. Y nos lo dice a todos: familia, allegados, franceses, el mundo. Como buen francés, su boutade alcanza cotas de arte. También vemos lo fácil que es conseguir una subvención en Francia.

No obstante, lo mejor que plantea el libro es la verdad, la realidad y la literatura. El personaje Carrère quiere saber, saber qué ha pasado, saber qué sienten, saber qué hacer. Saber, saber, saber. Saber aun cuando sabe lo que va a costar, en este caso, su mujer, cuya actitud roza el acoso. Saber qué ha pasado con su abuelo, saber qué ha pasado con la pobre mujer que sabía francés. Saber hablar ruso. Saber que lo escribe tiene algún significado para alguien, saber que alguien en el tren se va a masturbar, saber que la literatura puede ser performativa, que él con su obra puede cambiar algo. Pero, desgraciadamente, acabamos leyendo el triunfo la realidad, la gran puta gris. Que puedes ser francés, rico, artista bon vivant, conocido y todo lo demás, pero tu vida es igual de triste que el resto. Que eres del montón y tienes problemas de cuarentón. Que tu vida es una birria y lo que va a ser tu carta de amor la leen miles de personas menos su destinataria, quién está en la situación más jodida de su vida. Y que tú describes eso, la crónica de ser un perdedor, sin un gramo de compasión para ti mi. Escribes sabiendo que te van a leer tus padres, tus hijos, tus amigos de la bohemia. Escribes sabiendo que vas a ser retratado. En la época del posmodernismo, donde todos se disfrazan en público con la librea del relativismo, pides verdad y tristemente verdad encuentras.

Nunca más claramente sabemos que la literatura no salva.

Gracias, Emanuel

 

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